Road Movie, por Brenda Ríos

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© Emilie Villemagne / 2004-02-14 21:10:14

Ítaca no es un viaje. Es un putero en la carretera. Y si vas a emprender el viaje mejor que  sea largo y ancho. No extrañarás lo que dejas. No serás otro. No serás capaz de cambiar ni una puta llanta si se necesitara.
Sol. A plomo. Sol absurdo. Manos como viseras: horizonte es una neblina blanca. Luz que impide ver.
No podemos forzar a que nos amen. ¿Sabías eso? De una vez, mejor saberlo ahora que aún el corazón aguanta un poco más, como ese tanque de gasolina, ese auto hacia la nada.
Tenías que salir. Irte. Expulsarte de donde estabas.
Lo sé porque he estado ahí: en el fondo de la olla con los restos de alimento y salsa, una vez que todos comieron de ti. Esa pasta aún deliciosa y untable hecha de algo muy íntimo pero que ya nadie quiso. Ya estaban satisfechos, muchas gracias. Gesto de servilleta en los labios: besos sobre la tela blanca. Mmmmmhhh, delicioso.
Tú al fondo de la olla. Pegajoso. Diciendo cómeme, cómeme.
Una Alicia tan pequeñita, perversita, dulce con ese vestido azul a medio caer, hombros al aire, 12-13 años, no más. Deliciosa.
Ahora vas hacia ninguna parte Alicia. y no eres ni ícaro ni nada. Eres como cualquier ser humano. Nadie que te espere, nadie que te despida.
Odias llamar por teléfono: y si están cogiendo cuando llames y entras en ese lugar del placer que no es tuyo e interrumpes. Mejor no hacerlo.
Prefieres mandar mensajes.
Pero se terminaron los tiempos de ida y vuelta.
Ahora, sólo tú.
Viste su mensaje, el último: Tú me debes unos besos. Pero él debía más. Quién le cobrará lo que debía. Uno vive con las ofrendas que son esas deudas impagadas. No te liberan, al contrario, que te deban es mucho peor que deber.
No puedes forzar a nadie a verte como te ves, a amarte, a mirarte como te miras. No puedes.
Una vez que quitaste las telarañas de adentro. Y pudiste caminar en los pasillos de adentro. Y pudiste dormir en las camas de adentro, todas esas camas recién hechas, las sábanas limpias. Y pudiste poner música. Y sacudiste las cortinas, los libros.
Una vez eso ya no quisiste ir a darle besos. Te quitaste la boca, la pusiste sobre la mesa antes de dormir 18 hrs, antes de meterte al auto que te llevaría de ahí.
¿Puedes arrancar el auto sin la boca, sin los ojos que lo miraban, sin las manos que lo tocaron, sin las piernas que lo envolvieron muchas veces? ¿Puedes?
Mirar el camino, el eterno camino, sentir la nube grande de luz entrar de lleno porque ahora todo tu cuerpo es ojos, boca, manos, pies.
No puedes forzar a nadie.

Foto: © Emilie Villemagne for openphoto.net
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