La primera piedra, por Alejandra Navarro

La algarabía eufórica de los niños sobresalía entre el ruido de carrocerías viejas transitando en una callecita por El Expiatorio, en el centro de Guadalajara. Recuerdo esa tarde como una serie de fotogramas borrosos: los chamacos gritaban poseídos y yo no alcanzaba a ver muy bien lo que hacían. Me ganó la curiosidad y fui hacia ellos sólo para descubrir a Sofi suspendida de la cola en el aire. Un machito de 7 años la alzaba y luego, como a un látigo la azotaba con fuerza contra la banqueta. Una vez. Mitad de la calle. Dos veces. Mis gritos inaudibles. Tres veces, cuatro. Rabiosa maldecía. La manada salió corriendo y Sofi quedó tendida en la banqueta. Ya no maullaba. Una córnea desorbitada suspendida de una viscosa blanca, su cabeza ensangrentada. La gatita torturada de mi romie yacía a mis pies, inerte. No sé cuánto tiempo me le quedé viendo sin alcanzar a imaginar el momento de su captura. Intentaba comprender la cura que esos verguitas, ¿sintieron placer al matar a un ser indefenso de esa manera?

No crean que juzgo, tampoco estoy libre de culpa.

 

LaPrimeraPiedra2Crueldad normalizada

Siempre pensé que crecí con normalidad. En mis juegos de infancia, ataba hojas del árbol de mango y creaba pequeños seres con los que hablaba. Luego los enterraba en el patio. Recuerdo el perverso placer de cavar el pocito donde yacerían. En mis diálogos imaginarios, ellos me suplicaban que no les hiciera eso. Cuando cobré conciencia de mis actos, me justificaba pensando que todos los niños son crueles. Pero, ¿cuenta como juego inocente aventar al gato del techo para comprobar el dicho que los “gatos siempre caen de pie” o dejarlo debajo de una tina de metal sólo para investigar si de ahí se podía escapar? ¿Que tan diferente era yo de niña de esos chamacos que le estrellaron la cabeza a Sofi?

LaPrimeraPiedra3Trato de localizar las fuentes que hacen imaginable esa relación de uso y desecho de seres vivos indefensos. Sospecho que no poder localizarlos con claridad es una señal de que esos horizontes de lo posible permean todas las esferas de la vida cotidiana en mi entorno cercano. El desprecio por la vida en México encarna su expresión más tolerada en la tortura hacia los pequeños seres vivos que nadie considera propios. Son los cuerpos desechables. Ahora intento separar las fosas de San Fernando del campo de relaciones semánticas con las que busco explicarme la existencia de los crush videos o de la #LadyMataGatos. No lo logro. La gramática del horror nos muestra la normalidad con que en Mayo de 2015, los niños juegan al secuestro que termina en entierro clandestino real. Esos chicos no crearon unos bichitos con hojas de mango, ni sus diálogos fueron imaginarios.

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