Una realidad lupulosa, por Alejandro Espinoza Galindo

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¿Alguna vez han probado una cerveza lupulosa? Cervezas de fuerte contenido alcohólico, como las India Pale Ale, en particular, son un golpe aromático al olfato y al paladar; se conduce directamente a las entrañas, su trago amargo, pesado, el sentido del gusto se abre paso por un campo de flores y hierbas silvestres.

¿Alguna vez han tenido el sentimiento de asombro solitario que emana de leer un libro publicado por una editorial independiente contemporánea? Es el secreto a voces de una comunidad cerrada, que se celebra a sí misma, que celebra merecida o desmerecidamente que todos estamos envueltos en una realidad amarga, boscosa, un campo silvestre del cual no parecemos salir nunca.

 

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La belleza de la vida y de las cosas, esa diminuta capacidad humana para discernir entre la banalidad pasajera y la experiencia sublime, se ha vuelto infranqueable, sobre todo, ante la paradoja de una realidad en ruinas. En el cine, las artes visuales, la música pop contemporánea, la literatura, existe una sobreproducción que nos mantiene azorados y abrumados, ensimismados por la cantidad y profusión de propuestas, a tal grado de que nuestra única respuesta es la de una absoluta fascinación o un absoluto descontento. En la era de la democratización de todas las auras que produce la vida contemporánea, en palabras del comediante estadounidense Louis CK, “todo es maravilloso y nadie es feliz”.

Lo que perdemos en el camino, es esa angustiosa, aparentemente arbitraria noción de “lo trascendental”. Cuando el ser humano dejó de creer en las instituciones y cuando dejó de creer en el valor de su propia subjetividad, dejó de creer en la historia, y en el proceso, permitió que todo se convirtiera en verdad. Una verdad fascinante, debo decirlo, lleno de argucias y aspavientos y dibujos animados, perceptualmente atiborrados por una visión obligadamente periférica, a expensas de una naturaleza cada vez más controlada y, al mismo tiempo, cada vez más lejana y en algunas regiones más inhóspita.

En dichas circunstancias, como animales sofisticados por nuestra constante producción de significantes que hacen las veces de significados, el paladar se agudiza, los olores se clasifican para distinguir entre el aroma de la muerte y la contaminación y las sutiles esencias en los cuellos de nuestros coetáneos, la mirada se vuelve más esquemática, llena de marcos y ventanas, los parámetros de atención más precisos y a la vez más veloces (y feroces en su necesidad de consumo ocular), el trabajo y los textos más exigentes en su capacidad para “ofrecer resultados”, los árboles genealógicos del sonido y sus formas más robustos y complejos, los estados anímicos menos impulsivos y más paralizados, todo esto orquestado en una dinámica de la realidad para la cual, por lo menos un porcentaje considerable de la población mundial, no hay escapatoria.

La muerte ha dejado de sentirse. Pero la hemos reemplazado por artilugios, dispositivos, formas, alimentos y productos culturales cada vez más diversos y más ricos. La utopía ha llegado, pero nunca nos dijeron que estaría empalmada con una distopía igual de ruidosa y colorida. La voluntad de poder se ha convertido en el poder de poder. Lo hago porque puedo, porque se puede, porque no hay necesidad de trascendencia si lo que quiero es manifestar mi aquí y ahora, mi presente perpetuo, bajo las formas que la historia de las civilizaciones y la cultura han puesto a mi disposición.

Es por todo ello que no nos queda otra más que brindar a la salud de nuestro propio hermoso caos. Para eso trabaja esa otra parte de la realidad que no vive fascinada, sino forjando su trágica poiesis de supervivencia. La realidad, vista desde el lente de la cultura y sus productos, se ha vuelto densa, como una cerveza lupulosa, amarga y llena de esencias a veces imperceptibles.

Los que creamos, pretendemos hacerlo en un marco de libertad, misma que fue, en un tiempo, la principal bandera de lucha de los ideales modernistas: el individuo como ente primordial de la expresión del espíritu. Muchas cervezas se han bebido y muchos poemas se han leído y escrito, desde que esa proclama se alojó en la mente de un mozalbete como tú o como yo, auspiciado por el dictado del espíritu hegeliano, la incertidumbre histórica y el capricho de la voluntad de ser. Por otro lado, la cerveza, las luchas políticas y la literatura fueron, en un tiempo, homenajes al servicio del proletariado. La clase trabajadora, antes y siempre esclava y ensombrecida por el anonimato de su historia, jamás ha podido vivir sin cerveza. La humanidad entera, a su vez, jamás ha podido vivir sin poesía. Xu Lizhi, ese trabajador migrante chino, que en los últimos días de septiembre de 2014 se arrojó desde la ventana del dormitorio de la fábrica de iPhones donde trabajaba, dejando tras de sí un puñado de poemas que dan fe de su negación a la invisibilidad, es la voz siempre vigente de un ser humano incrustado en un mundo que sólo puede ver desde lejos. Es mera especulación, pero no dudaría que las voces de los miles de millones de esclavos que han forjado las grandezas de este mundo, desde sus propios tiempos y espacios olvidados, dejaron puñados similares de cantos sepultados. Porque la poesía nos posee, pero (aunque esto se lea frío y cínico) la cerveza nos desposee. Tal y como ha existido la necesidad de cantar la brutalidad y belleza de la existencia, también ha existido la necesidad de gritarlo después de un buen trago de cerveza. Ya que, al final, todos queremos bailar el baile whitmaniano, al mismo tiempo que queremos agarrarnos a golpes con el primero que tropieza con nuestra mirada bamboleante.

 

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Los poemas de Xu Lizhi hicieron metástasis en la red. Se han difundido asumiendo distintas formas y posturas, son el blanco de grupos e individuos que se cuelgan la bandera de la libertad, y de escritores que encuentran en el poeta un aliado, un cómplice, un acompañante de viaje. Representa, también, la certeza de que la literatura, ese grito lupuloso del ser humano que se adentra en el bosque aromático de la realidad, puede surgir de todas partes. Las periferias y los centros de la cultura han generado en los últimos quince años más convergencias de las antes se hubiera imaginado, y lo que en un momento fueron los viajes de conquista de los poetas en las metrópolis, ahora son las voces intersticiales las que dan una cuenta más poderosa de nuestro tiempo. Esto no quiere decir que se haya descentrado; quiere decir que en estos contextos, las periferias y los centros confluyen con mayor facilidad. Sólo tienes que encontrar los canales adecuados, bifurcar la obra de un autor oscuro por senderos que anteriormente estaban cerrados: lo que para un autor de mediados del siglo XX era prioritario para poder trascender su terruño y su circunspección (que tu obra sea descubierta en un baúl, quizá después de tu muerte, para luego ser impulsado a la inmortalidad con ayuda de una editorial internacional), ahora se ha convertido en el gimmick que las editoriales utilizan para empaquetar los contenidos de un autor igualmente oscuro, pero que ahora tiene que hacer fila con los otros cinco autores oscuros que fueron descubiertos por estas editoriales en ese mismo mes. Es una labor que ya comienzan a hacer las editoriales independientes, pero a una escala de profusión mucho menor que la que pueden hacer todavía las editoriales internacionales.

En la editorial mayor, probablemente la obra de Xu Lizhi estaría publicada en una antología de poesía sobre el descontento social de principios y mediados del siglo XXI. En una editorial pequeña, donde el oficio es, en muchos casos, entrañable y amoroso en torno a las obras, dedicaría especial interés en el diseño del objeto. Los poemas gozarían de una caja tipográfica amplia y apacible a la vista, y la portada probablemente gane un premio nacional de diseño editorial. Los chinos jamás se enterarían de este libro.

Pasemos abruptamente este esquema a la curiosa relación que existe, entre los impulsos de las editoriales independientes, y los impulsos de las cerveceras artesanales que, con el mismo ímpetu y con más similitudes de las que pudiéramos pensar, tratan de hacer gala de lo que los medios contemporáneos de producción cultural democrática nos permiten hacer. Porque podemos, porque nuestros paladares nos lo exigen, porque la enorme profusión de obras y autores lo requieren, porque lo más fascinante en esta vida es jugar desinteresadamente con la estetización de la realidad.

 

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La cerveza es la más democrática de las bebidas alcohólicas. Reivindico su presencia y aprecio su existencia, porque ha sido un aglutinante social desde la primera vez que un ser humano sintió necesidad de celebrar el fin de la jornada. Asimismo, reivindico la preeminencia de la literatura como el medio más democrático para averiguar cómo estamos los seres humanos en un tiempo y espacio determinados. A diferencia de la ciencia, la historia o las ciencias sociales, y no obstante sus grados de complejidad, la literatura sí se escribe para todo el que encuentre el texto en su paso por la vida. Planteo lo anterior, porque no quiero que de ninguna manera se interprete que estoy haciendo un “comentario irónico” al comparar estas dos actividades aparentemente disímiles. Este no es un simple ejercicio desfile de banalidades (ya tenemos bastante de eso en los medios de información), sino una manera de comprender de dónde vienen ambos impulsos. Si en el camino las comparaciones resultan chistosas, se cumple sólo una parte del acometido.

 

La autenticidad

No hay búsqueda más obsesiva en esta era, que la búsqueda por la autenticidad de las cosas. No me refiero al origen genuino de un producto o un trozo de información, sino a la capacidad que tienen de presentarse como reales, incluso legitimados, por el sitio o entidad que lo difunde o produce. Lo que buscan los cerveceros artesanales es la autenticidad de su cerveza: sus ingredientes son “tangibles”, “presentes” en el producto mismo, no son alejados por la marca corporativa de una Tecate o Corona, donde el énfasis es más en el concepto de consumo más que en la calidad del producto, ni mucho menos la “autenticidad” de sus ingredientes. Para nosotros, no importa de dónde provienen las cantidades industriales de malta y lúpulos que se requieren para hacer una de esas cervezas; en el caso de las artesanales, es casi su carta de presentación.

A su vez, los editores independientes buscan la autenticidad de sus autores, y con ello nos referimos a la autenticidad de su creación como algo más íntimo, apegado a la tierra, lejos de ese Olimpo donde se sitúan los autores que ya publican en editoriales transnacionales, cuya obra muchas veces es sospechosa en sus intenciones y su nivel de calidad. Muchos autores sentimos que las editoriales trasnacionales publican obra poco trascendente, poco arriesgada, hecha por autores que sólo buscan la celebridad dentro del campo, sin una relación “auténtica” con el ejercicio literario. Dista mucho de ser cierto, aunque no del todo, pero este es un ímpetu primordial de los editores independientes: le estamos dando voz a los autores auténticos de este mundo.

 

Los circuitos

Tanto los editores independientes como las cerveceras artesanales, difunden y promueven sus productos en circuitos de festivales, la mayoría locales, pero todos encaminados a celebrar y compartir entre sus coetáneos las virtudes de su oficio. Ambos atraen a un gremio especializado (en ocasiones snob) de público, versado en las cualidades de tal o cual editorial o de tal o cual cervecera. Ambas organizan foros de discusión donde se habla sobre los pormenores de sus pequeñas industrias, se exaltan algunos alcances, e incluso se organizan con la finalidad de crear más nexos y convocar a legislaciones que les permitan más acceso o facilidad en el mercado. Sus compradores son similares, les gusta formar parte de esa cofradía de expertos en literatura independiente/clases de cerveza, y consumen los productos con especial aprecio. Saben, en el caso de las editoriales independientes, que las ediciones son de escaso tiraje; saben, en el caso de las cervezas artesanales, que son productos hechos casi específicamente para el festival.

Una línea de distinción que debo mencionar, tiene que ver con los precios. En tanto que las editoriales independientes mantienen precios justos en torno a sus colecciones, las cerveceras artesanales aun no pueden ofrecer el precio competitivo de una cerveza nacional. Dos vasos de cerveza artesanal pueden ser el equivalente a una caja con dieciocho latas de cerveza Tecate Light.

 

El impulso de la búsqueda

Tanto los productos de las cervecerías artesanales como de las editoriales independientes, se distinguen por distintos grados de complejidad, por el rescate de formas, gustos, géneros, estilos, paladares. Ambas son apasionadas de la “rareza” y la exquisitez. En una era donde podemos resucitar una receta de cerveza proveniente del Antiguo Egipto, ¿por qué no habrían de surgir esfuerzos por desenterrar las obras de autores oscuros que ni siquiera fueron de culto en sus países de origen? Es así como se rescatan fórmulas y obras póstumas, recetas aldeanas del siglo XV y colecciones de aforismos de autores yugoslavos, novelas underground y cervezas oscuras que no habían visto la luz del día desde que dejaron de producirse en algún pub inglés circa 1879. A ambas anima, por encima de todo, la experiencia estética de lo sofisticado, aunada a la capacidad para traer a la luz voces y sabores que en un contexto de producción corporativa, rara vez se puede. A menos que llegue la empresa transnacional y compre la fórmula al cervecero independiente, o a menos que llegue la editorial transnacional y le compre los derechos a la editorial independiente, para llevar al estrellato la obra de tal o cual autor que domine el escenario literario de su momento.

 

Diseño y disenso

Ambas empresas son producto del diseño y el disenso. Si algo distingue a la mayoría de las editoriales independientes, es su capacidad para hacer del libro un objeto bello y preciado. Mis libros favoritos son aquellos que conservo no tanto por la calidad de su contenido sino por las cualidades de su diseño. Es una libertad que nace del disenso, de pensar que el objeto de arte puede ser de la manera que uno decida, no necesariamente de la manera estandarizada como las entidades corporativas lo decidan. De modo que rige una exquisitez admirable: libros cosidos a mano, cartoneras, portadas con relieves de magnífica confección, ilustraciones hechas ex profeso, dimensiones a veces inusitadas y formas que anteriormente se le otorgaban a los libros de artista, ahora pertenecen al ámbito de la edición independiente. Más que un acto de obsesión por las formas, es un acto de crítica contra las formas establecidas de concebir (y comerciar con) un libro.

Del mismo modo, las cerveceras independientes han jugado desde el principio con las formas y los diseños. Han sido más cuidadosos (porque el producto así lo requiere), y en algunos casos han sido negligentes con la calidad de diseño de sus etiquetas. Pero el disenso está ahí: en su capacidad para criticar, desde una voluntad democratizante, a la industria cervecera y la homogeneización del gusto. Hasta un tiempo que ya se siente más o menos lejano, no hubiera imaginado que probaría tantas clases de cervezas: stout, IPA’s, kölsch, amber ale, porter, son los sabores que las cervezas artesanales han introducido al paladar contemporáneo, uno acostumbrado desde hace décadas al inocente sabor de las cervezas claras. Lo hicieron porque pueden hacerlo, pero también, porque es su forma de diseñar un producto artesanal para disentir contra el mercado. Sé que hay un dejo de inocencia en estos gestos, pero debemos reconocer que el impulso es genuino.

 

Capacidad de expansión y calidad de productos

Tanto las cervezas artesanales como las editoriales independientes tienen una capacidad de expansión limitada: muchas de ellas no salen de la localidad que las produce (para ello se benefician de las invitaciones a festivales); por otro lado, así como hay cervezas artesanales de baja calidad, y con ello supongo que la calidad es definida por el control y rigor del proceso, también podemos encontrar obras literarias cuya calidad o cualidades formales tampoco pasan por un “filtro”; no para legitimarlas, sino para refinar y enriquecer el potencial de sus contenidos. Muchas cerveceras y muchas editoriales independientes se han beneficiado de estos escenarios para mantener su producción, a pesar de que hay una falta de rigor y consistencia. En las localidades hay muchas cervezas malas y muchos libros malos. La línea de discernimiento es similar en ambas: el amateurismo.

Sin embargo, como ambas son producto de la democratización de las formas, el público en general tiende a desestimar los sabores y las cualidades de las obras, en aras de la libertad de acción que profesan sus creadores. Es un aspecto delicado que merece una mayor atención: ¿cómo no herir las susceptibilidades de una actividad independiente, autocrática, modelada bajo esquemas comerciales capitalistas, pero en una especie de ejercicio libertario, casi casi aldeano, que es difícil de criticar?

 

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La belleza de la vida y de las cosas nos ha permitido llegar a uno de los tiempos más inusitados en la historia de la humanidad, un tiempo que regurgita cualquier pasado y cualquier tiempo en un presente por demás fascinante y paradójicamente vacío, ahí donde puedo sentarme en un local que simula ser un café de Montparnasse de principios del siglo XX, mientras tomo una pinta de cerveza con tonos de café y chocolate, mientras admiro los jardines colgantes en el techo, me disparo hacia la estratósfera al escuchar un disco rarísimo de Iannis Xenakis desde mi cuenta de Spotify, y abro delicadamente los cinco libros que compré en la más reciente feria de editoriales independientes, tres de los cuales no leeré hasta dentro de cinco años. En ese mismo tiempo, en ese mismo espacio, en este mismo presente perpetuo, no muy lejos de donde yo estoy, un jornalero compra con lo último que le queda de la quincena, una cerveza tamaño caguama y una revista TV Notas para su esposa.

 

 

Fotografía: © kash  for openphoto.net
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