Albumario I, por Javier Fernández

Tame Impala  •  Currents

CurrentsEs una monja. Sube dos rayitas a lo que acabas de leer: es una monja bella. Dueña del espacio y de la luz, chaparrita, suspensiva, conquista la habitación sin saber cómo, ni indagar dónde, ni tener por qué. No necesita saludar. La paz que emana de su ser evapora todo conflicto en un diámetro de tres coma seis kilómetros. Los hilos que sobran a su hábito, los costurones que rosetean el velo en gama bugambilia concertan en la monja una pieza absoluta, el cutis impecable, la talla plena. La producción autista de Currents, de un autismo asustadizo en “Let it Happen” y “Reality in Motion”, notifica ciertos accidentes que resbalan del verano como de un vestido ribeteado, impurezas de las que me perdí. Bah, sudan los árboles y te lo pierdes. Silba el corcho mordido por tijeras, penetrado por chinchetas: atento a lo urgente, pierdes lo importante. Hay que tomar a dos manos, como una ofrenda, “The Moment”, el primer avistamiento de lo que Kevin Parker se empeña en aislar para luego consagrar. Dan ganas de hacer algo con su cara, a partir de “Eventually”. Sonríe la monja solo porque sí, sonrisa templada que lumperiza el entorno. Quienes la ven ahí, puesta en la habitación como un satélite, gente que se propuso lucir encantadora esa noche se siente dientona, con súbitas ronchas, la nariz boluda. Ella no vino a señalar: la monjea bella chasquea, estornuda de pronto, y las facetas del respetable se enchuecan en una orla simiesca. Con mínimo volumen la monja acepta el “Salú” que todos, en el círculo inmediato y más allá de un notable perímetro, le obsequian, lo hace suyo con amable indiferencia, la de quien sin motivo pero con gusto se agacha en un aguacero a colectar hojas de eucalipto o hacer cuchi-cuchi a un poodle. Vuelve a su rostro la sonrisa clara y sin accesorios, sin cabello que engalane o distraiga. La octava que relumbra en Tame Impala es un doppelgänger místico, pop-Getsemaní. Mareado y todo, celebro que años acá se exteriorice la lucidez que mana de George Harrison y que cobija el latifundio del indie rock como nube ancha y ligera. Tiene cierto aroma esta monja bella. Huele a huraño atrevimiento, a frutal bizarría, a dulce barbaridad, encarada al abrazo, lista para la lluvia.

 

Sufjan Stevens  •  Carrie & Lowell

Carrie & LowellEl niño lo nombra todo, lo juzga todo, incluso si carece de cuadro referencial en ocasiones impensadas como hallar entre los matorrales un escarabajo cornudo o en la caca del rebaño una bitácora de vuelo de Malaysia Airlines. Habrá un detalle que lo induzca a reír, a rostro luminoso y manos abiertas. Quizás para aletargar aquello el niño contrae los brazos y un poco también los dedos sin consolidar el puño, crepitando las muñecas sobre el eje como si mecanizara engranes, si calibrara focos. Abundan el gozo, la introspección y la chifladura en los álbumes de Sufjan Stevens. Carrie & Lowell humedece el madrigal que hace una década empotraron Illinoise y el aireado Seven Swans, vicarios de un discurso huelguista que más vale respetar, por el que, si no se pierde la guerra, al menos se esfuma la comodidad. Basta ver despegar el monoplano en “Should Have Known Better” y “The Only Thing” para que explote el nitrógeno de las refinerías y todos queden mongos, con cara de nomás así, parpadeando. Superada la risa, el niño calla y juzga. Si aquello no le gusta, le abandera un delicado serrar de franjas sobre el ceño: la primera hace juego con las finas y culebreadas cejas. La última se adivina con leves crayonazos que se ven o se diluyen conforme el niño escupe, hace gárgaras, patea un muñón espinoso o se descubre en la nariz un hilillo sangriento, hasta que el juicio alcanza puntos cordiales. La tecnología reposa con fatua mansedumbre en años toscos, desarrollando lentas versiones de lo mismo; nada como las bombas para azuzar en ella una súbita aceleración en la que, ahorrándose los tests, se producen prodigios y adefesios. Stevens imputa su formación al folk sepulturero, pero “Blue Bucket of Gold” devela otra cosa, un cavatumbas que hiede a mezclilla y derivados de la leche entregado a la vejez en las postrimerías de un sofá mullido. También hiede a carroña, una carroña blanda y coqueta como perro mediano. El ansia, la suavidad orgánica “Fourth of July” hace que las ovejas queden frente al niño, reunidas, sin mirarse, en una especie de trampa natural. Con un tamborileo, el niño se tumba en una roca lisa.

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