Albumario II, por Javier Fernández

TransfixiationA Place to Bury Strangers  •  Transfixiation

Hay un set de canciones limpias, libertinas y análogas, sin trabazones ni hatajos en un rollo de cinta magnética. Consciente de su tácito arqueo, la cinta fulgura en el embrollo de las bobinas dentadas, lista para iniciar su giro. Cuando éste llega, las bobinas revolucionan, intercambian algunos centímetros y la cinta discurre, ansiosa por exponerse al escrutinio del cabezal… La escena es violada por imanes cabezones, membrudos, que descalabran el orden de las cosas con el desparpajo de los kaijú. Las canciones se estremecen, lo prístino, lo cristalino que había en ellas se desintegra hasta resolver el caos en puntos magnéticos que ya no dan de sí. Música damnificada, la de A Place to Bury Strangers. Qué rock tan más jodido. No es que solo esté jodido: qué sucio, qué potente. Al margen de los trucos de estudio, del efecto cromático de los pedales, resulta espeluznante por la carga de una sola guitarra. Métele dos como Sonic Youth. Súbele tres como Slayer. Inyéctale cuarenta o cien como Glenn Branca. Se sabe, desde que el hombre decidió estudiar la eclosión de las semillas y la transformación de las orugas, que la libertad está en los signos. Dime si ‘What we don´t see’ no hace que te arremangues. Si el soplo que atiza ‘Now it´s over’ no es inequívico del arrepentimiento. Si ‘We´ve come so far’ no despierta en los gnomos un frenesí por enderezarse, quizás hasta por volar, y si ‘Straight’ no mutila sus alas, los aplaca, los encoge. Con el estropeo general de un relámpago invisible, explícito desde el estilo aunque manso y perezoso desde la moral, la fulminante atmósfera de Transfixiation marchita, contrae hasta los límites del encantamiento, embrutece la hegemonía del rock de gritos y guitarras que con esta banda se ve forzado a recular a un estado de pupa. Silencio. Un sollozo. Fade out.

 

Nikki NacktUnE-yArDs  •  Nikki Nack

Por treintaitantos meses, el periodo que separa Whokill de Nikki Nack, sus dos linduras de empatía y saturación, Merrill Garbus ha tomado del cogote a su audiencia clavándole el hocico en un vasto caudal informático. Asomarse –desde la música– al torbellino de la www: frente a tu nariz circulan lo inaudible y lo indiscernible, códigos de cinismo creativo, ampollas de espontaneidad avanzada. Frutos digitales, panderos medicinales, confeti multilingüe en condición .zip. Este álbum ponzoñoso induce a hacer bizcos, a cachar la cola de un quásar, hacer cosquillas a un bicho binario, echar ojeadas golosas a una horda de gobelinos balbuceantes. Nikki Nack es sublevado, festivo, humilde como hoja de manzanilla. Fósil doo-wop con hoyuelo en las mejillas y peine de bolsillo para una sesión de electro-shock. Avant indie de cuarzo y litio al que le patinan las neuronas. Uno deglute Nikki Nack como buenamente se puede, saliendo del caudal www con el descontrol marmóreo de quienes tripulan el Espíritu de San Luis. Apenas lo escuché, la clavícula izquierda me dio brinquitos, la derecha en su sitio, y advertí el apremio por bailar. ¿Y cómo se baila esto? ¿Se puede? Claro, como quien friega un altero de pantalones de pana en la azotea, en plena guerra, tarareando un merengue sin memoria de corto plazo. Seguro que se puede. Ultimadamente, ni tú ni nadie tiene por qué fregar en la azotea. Con estos discos de algebraica locura, tan, pero tan disfrutables, confieso un avanzado déficit de atención en favor del azar, la aventura, el acertijo.

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