Gonzaga: el puerto a donde hay que llegar, por Eneida Sánchez Zambrano

El ambiente se sentía sofocado. Fue un 18 de julio y el calor hacía que el sudor recorriera cada gota de nuestro cuerpo. Intempestivamente decidimos salir al encuentro del tiburón ballena.  Era el viaje que planeábamos con meses y no coincidíamos.
Íbamos a la conquista del territorio misionero, poco explorado por el turismo local, pero si por los extranjeros que cargan en sus grandes motorhomes hasta con el perico.
Nosotros decidimos buscar al mar a la brava, como mujeres norteñas presumimos ser.
Fue ese fin de semana cuando Gabriela Córdova llegó de Tijuana en su carro sin aire acondicionado, a punto de derretir.  Como buena tijuanense el calor no es su amigo y se quejaba del mismo.  Y nosotros con la frase cotidiana: “Hubieras venido ayer”.
Aline Corpus experta guía de turismo ecológico nos recomendaba que llevar y qué no.
En mi casa en medio de desastre de una mudanza que parecía interminable empezamos a enlistar qué echaríamos al carro. César Angulo mi hermano de alma y ex roomate nos cobijó con su equipo de snorkel, kayak, sleepings y un igloo que hizo las veces de hilera.
En el carro de Aline una camioneta mazda tomamos carretera, tarde lluviosa con olor a tierra mojada. Atravesamos el Valle de Mexicali por la carretera a San Felipe. Hubo una parada obligada para ver el arcoíris infinito que iluminaba las acres color dorado. Fotos, abrazos y el “flow” de la vida.
Nuestro destino era San Luis Gonzaga, una playa semivirgen en el mar de Cortez, más allá de San Felipe y más acá de Ensenada. Un lugar me decían para disfrutar con los ojos abiertos o cerrados.

Esa bahía se remonta a los años de 1746 fue descubierta por el padre misionero Consag y su ubicación sirvió  para abastecimiento de  provisiones para la construcción y desarrollo de las misiones aledañas como la misión de santa María de los Ángeles ubicada a 20 kilómetros al oeste de la Bahía de San Luis Gonzaga, así como la misión de Calamajué que se encuentra al sur de la bahía.

Una noche muy oscura no alcanzó en San Felipe donde nos surtimos provisiones, cerveza artesanal y común. Era la expectativa de tener un día alejadas del mundo y la falsa sociedad. En San Luis Gonzaga no había señal, ni civilización.
Reporteras al fin nos dedicamos como locas a teclear las notas que cubrirían la cuota del domingo, los mensajes pendientes con editores, para después morir en el mar.
Una carretera larga y curva nos llevó. Y como en las caricaturas  ochenteras de  la pantera rosa la nube y la lluvia nos seguían. Fueron cinco horas de reflexión sobre la vida, el amor,  la existencia, la profesión, la lectura, los futuros, frustraciones y coincidencias de vida.
De fondo Kate Havenick nos acompañaba en la conversación y en la vivencia.
Y por más insólito que parezca en medio del desierto en una noche lluviosa de un lado las estrellas parecía desprenderse sobre nosotros.
Otra parada obligada no dejo mudas.  Hicimos alto en medio de la nada. Se escuchaba el ruido de la noche, que se siente en la piel, los insectos, la quietud y ese aire que rompemos con un abrazo.
Al frente de nosotros una parte de la vía láctea centelleante como luciérnagas, el espectáculo fue hermoso pero debimos continuar.
Al final llegamos con la guía de mis dos amigas expertas viajeras. La pequeña nube que nos acompañó, creció y le salieron brazos.
El agua fue más copiosa. A eso de las 2 de la madrugada solo alcanzábamos a ver más autos estacionados a un lado de toldos y casas de campaña bien instaladas.
Nosotras ni oportunidad tuvimos de bajar. En la camioneta  dormitamos junto múltiples provisiones y  equipo. Las tres como decimos acá “nos hicimos bolas” como las casas de campaña que nunca se abrieron.
No hacía frío, ni calor. Era ese aire que pega cuando estas a uno 20 metros del mar. La lluvia calmó una hora después y fue cuando los vidrios del carro se bajaron.
Confieso que dormí con la cabeza mirando el cielo, golpeando las últimas gotas de lluvia mi rostro. Vi las estrellas iluminar la playa y como una viajera inexperta extasiada  desperté a mis compañeras, luego vino esa transición de velo negro, a gris y luego más claro. Para contemplar el plateado de peces celebrar el amanecer húmedo sobre la playa azul.
Nos bastaron tres horas de sueño para colocarnos el bañador y abrazar la mañana de sol.
Era San Luis Gonzaga que no ofrecía el escenario más tranquilo de sus aguas. Era el día que no abrazó con sus olas, que nos revolcó en la arena con su fuerza  y el sol nos energizó.
A cada una nos acompañaron pensamientos y reflexiones. A mí también me acompañó Roberto Bolaño y su 2066 y ese amor por el desierto.
Fueron más de doce horas de playa, de introspección, de vida en el mar abierto donde lo importante es vivir.
Fue la despedida a la nómada que escribe ahora desde el otro norte.
Que tiene un romance profundo con Baja California y que a San Luis Gonzaga  recuerda como el viaje que se repetirá.
Y el puerto donde hay que llegar, no importa  de dónde vengas o a dónde vayas.

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