Vacaciones, por Brenda Rios

Esa noche discutimos horas sobre dos cosas: la libertad y el deseo de trascender. No dijimos nada al final. Sabemos que la muerte es un silencio gordo. Pum. No más. Ni tú ni yo ni la mesa en medio. Nada.
Trascender es llegar al final de la tarde, concluyo.
Pasaremos vacaciones en la playa, ¿otra vez?
Libres para irnos de vacaciones. La fila de autos en la caseta, hormigas que buscan lo mismo: el azúcar del sol. Achicharrarnos, sudar hasta que la alberca nos llame o el mar o lo que tengamos cerca. Una regadera.
Vacaciones para estar días enteros húmedos, escurriendo libertad por el pelo, la frente, la espalda, el culo, escurrir y dejar las marcas en el piso.
Hordas en la playa, hordas en la carretera, y todos tan libres, desparramados en camisetas de algodón.
Sólo vivir en el Aire Acondicionado hace posible esto.
Creo que el 70% del país tiene un clima extremo.
Los alacranes y alimañas del desierto se notan cómodos. Nosotros, en cambio…
Al segundo día nuestra libertad ya no nos parece tan libre. Con la única planeación de dónde comer, qué hacer, entre tú y yo el juego de Decide tú, No, tú.
Elegir. ¿Libres? Hasta cierto punto. Libertad sería estar solo, sin que nadie venga a joderte con la disertación diaria de ¿Qué se te antoja? ¿A dónde quieres ir?
O no, y nada de esta estupidez del día a día tiene que ver con ser libres o felices o cómodos. Mira, ya me conformo con estar seca. Sin moverme para no causar mi deshielo.
Al tercer día, acomodado como si fuera desde un lejano siempre, horizonte, el odio. Odiaba elegir todo el tiempo. Hacer, comer, coger, todo yo. Y tú echado en la tumbona sin que las moscas se acerquen. Ni las hormigas en tu trago. Yo ordenando a, pidiendo a. Y sí, bueno, comencé a odiarte, lo juro. Por mucho amor el odio también se siente. Es como salir del cuarto frío y llegar al balcón con vista al mar y estar feliz por estar ahí, claro, y a la vez ese aliento caluroso en la intemperie.
Me llamas. Tu voz está en la frialdad del cuarto. No quiero responder, me ocupo en existir afuera, a temperatura ambiente, no escucho, no veo, no hablo.
Abres la puerta corrediza. Aquí estabas. Sí, aquí. Qué bien, ¿no? ¿Qué? El mar, mira, el mar. Sí, el mar. ¿Bajamos? En un momento, déjame estar aquí. Como quieras. La puerta se cierra. Tus ojos en la espalda, queman también. De otro modo pero queman.
Quemaduras de tercer grado.
Comienzo a imaginar los próximos años. No sé por qué. Me imagino que eso es la trascendencia: imaginarnos en el futuro.
La misma gente, querido. La estúpida conversación con los estúpidos amigos. El mismo estúpido país.
Desde aquí hacia abajo calculo 10-12 pisos. No quedaría nada de mí.
Y este calor. Nadie en las barandas. En la playa comienzan a asomarse los valientes. Si esto sigue así sólo bajaremos al mar en la noche. A nadar en la oscuridad.
Amor es llevar a alguien a un clima como este. Pone a prueba la calidad de todo. El amor es un traje de neopreno. El paseo en barco por la bahía puede ayudar a despejar dudas.
Si tú no te habitaras llenándote de ese modo donde no dejas espacio. Si yo no fuera tan concentrada en la desgracia inminente. Habría una oportunidad. Pero. Imagino. Esto será así los próximos años, días, segundos, en los que bajaré contigo a buscar alimento, sin hambre, agotados por existir tan exiguamente. Cariño, memorizamos estos rostros porque estaremos ahí mucho tiempo, viéndonos caer en la modorra del amor que es otro modo de irnos desvaneciendo en el aire.

Fotografía: © Miroslav Vajdić for openphoto.net
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