Cómo se deconstruye un establo, por Tomás DiBella

Dice Ventura que el establo es mi prisión. Que paso más tiempo con las herramientas colgadas en las paredes que en la casa. Que me gusta jugar más con la sierra que con mi hijo. Que el olor de la madera quemada es más placentero para mí que el aroma de los frijoles refritos. Eso me dijo Bill cuando vine a comprarle la máquina de clasificar semillas rotas. Era una máquina, según me contó, inventada el siglo pasado en Canadá, y construida por una compañía que sólo hizo 20 de ellas. Bill tenía la número 14, porque has de saber que estaban numeradas. No sé si el número tendría que ver con la numerología pero el tema no lo volvimos a sacar durante las dos horas que estuve en este espacio. Y durante ese tiempo me fue abriendo los nombres y las funciones de cada una de las herramientas,  adminículos, utensilios, prótesis, aditamentos y demás. Al final de ese recorrido, en el fondo del establo, estaba la infame máquina clasificadora de semillas rotas.

–Mira –me dijo Bill– es necesario que te mencione cada uno de ellos con sus nombres y sus usos porque si no, no nos dejarán llegar hasta la máquina. –Me miró con sus ojos grises como si esperara a que saliera corriendo pero lo que hice fue voltear a ver la infinidad de objetos que estaban por todos lados. En las paredes, colgados del techo, acomodados en el piso, unos sobre otros. Los había de madera, de hierro, de acero, de fierro dulce, de plástico. Oxidados, seminuevos, rajados, repintados y rotos.

–¿Ese qué es? –le pregunté señalando el primero que se me ocurrió. Me miró subiendo las cejas y casi riéndose me contestó.

–Se llama martillo y sirve para clavar clavos. Te muestro. – Fue y lo tomó, luego caminó hacia una caja de herramienta (creo) y sacó un clavo, lo puso sobre una madera y ¡zas!, lo clavó, de un solo golpe. Me miró como si hubiese hecho una gran hazaña y satisfecho se quedó callado. Luego dijo, el camino que conduce a una explicación de un sistema correcto también conduce a un sistema incorrecto. El clavo es una negación del martillo aunque el martillo afirma la decisión del clavo. Digamos que la madera es el geoplano de la acción conjunta del martillo y el clavo. El sonido de la clavada es la conclusión de las tres cosas inicialmente separadas por el espacio y en un momento, en ese preciso momento, son unidos para ser un solo elemento. Así es como funcionan las herramientas, las máquinas, los sistemas, a través de negaciones y afirmaciones que van y vienen por el mismo camino.
Abrió las manos como para decirme que aparte de mostrarme su pensamiento me mostraba las manos abiertas, afirmando la honestidad de su declaración. De pronto me senté en un objeto que a mi parecer era una silla de madera –no estaba seguro– y me puse a observar con detenimiento los objetos ahí puestos. De manera  –pensé– que no sólo tienen un preciso mecanismo específico que va con el nombre de cada uno, sino que tienen un origen, una historia determinada, una edad en el espacio y un recorrido en el tiempo. Yo tenía tres días que había salido de Mexicali buscando la mítica máquina y ahora que la había encontrado en este rancho de Yuma lo único que quería era comprarla y regresarme para tomarme unas cervezas en una cantina. Pero luego sentí mucha curiosidad por saber más acerca de este establo lleno de cosas extrañas y no comunes. Era como un museo con un cuidador fuera de lo normal. Bill era bastante alto de manera que los objetos colgados los alcanzaba con toda la comodidad y se notaba que él mismo había colocado en su espacio a cada uno de ellos. De él no se podía decir que estuviera loco, no, pero su realidad no coincidía con la mía, o con la de los demás. Sé que los individuos perciben el afuera de diferentes maneras pero hay coincidencias insuperables donde todo mundo percibe ciertas cosas de igual manera. Y ahí es donde reside la singularidad, o  su extremo, la comunidad. Sujetos ensimismados a los que se les despierta para que den testimonio de su visión que a la luz de la mayoría es completamente inaudita. Se acercó unos pasos y retomó la plática.

–Nunca había visto que alguien se sentara en un clasificador de tallos. Mire usted, si me permite, la parte de atrás tiene un respaldo lleno de hoyitos de diferente tamaño y cada tamaño que va de .01 milímetros hasta un centímetro mide, por decirlo así, el grosor del tallo del trigo para saber exactamente la hora del corte en el campo. Es una herramienta muy útil especialmente para los rancheros nuevos que no tienen quién les diga a qué horas meter las máquinas para cegar el grano. Y así con todos los otros tallos de todas las especies sembradas. Aunque parezca una silla en realidad es un objeto de una finura extrema. Inventada por un chino migrante el siglo XIX. Y es raro que haya sido un oriental porque ellos siempre tienen el mismo grosor de tallo en el arroz. El clasificador de tallos y la máquina de clasificar semillas rotas trabajan juntos. Primero uno se asoma una buena mañana por la ventana y mira el oleaje del trigal que va y viene, con su característico color amarillo. Luego uno sale, digamos con decisión y firmeza, y se adentra a la mitad del sembradío, que es donde están los ejemplares más robustos de la planta y los que le dan la medida de la generalidad, arranca uno y con él de regreso viene y lo mete aquí, mire, en estos hoyitos. Éste que es el más grueso de la línea donde dice weat es la medida exacta de la madurez. Luego uno sale con la trilladora y mete la máquina a que haga los suyo. Una vez que se hace esa labor el grano se echa a la máquina de clasificar semillas rotas y así va separando la semilla entera de la rota. Mire, aquí esta una.

Me mostró su mano y dentro había una semilla, o la mitad de una,  y siguió:

–Cuando llegué aquí no había nada, como en todos los lugares donde se llega por primera vez donde nada existe y hay que empezar a levantar todo. Ventura, mi mujercita hermosa, venía de México, sabe, y yo venía de Wisconsin. Tierra de granjeros mi padre siempre a pie, en las mañanas salía con su sombrero que tenía rasgaduras, y de noche se tomaba el whisky sin chistar ni quejarse. Tomaba varios tragos con sus amigos negros que tocaban el arpa de boca hasta ya muy noche. De esos lugares amplios donde todo mundo está separado excepto en los bares donde se toma whisky. Para qué te vas a ir a Yuma, Bill, me decía mi papá, pero yo sin hacer caso, yo no quería vivir aquí, yo quería ir a México primero y conocer el campo y saber cómo sembraban los mexicanos su maíz y sus hortalizas. De chico vi ese libro que mi madre había traído de la gran ciudad y vi las ilustraciones de los indios agachados sacando mazorcas de la milpa y nunca se me olvidó y siempre fue un deseo ardiente visitar ese lugar.

De allá se vino Ventura conmigo, de la tierra del maíz maduro y la tortilla redonda. Y aquí llegamos. Cuando parió a Edmundo, mi hijo, fuimos felices, yo lo sacaba al patio de los nogales y lo levantaba ofreciéndolo al sol, como los mexicanos lo hacían con sus hijos. Así era este lugar, soleado, con leche fresca y una mujer alta y hermosa, mexicana que parecía húngara o sioux, una joya de mujer. Ella fue la que me dijo que hiciera el establo de las herramientas, y fue ella también la que empezó a traer a jornaleros mexicanos y a ponerlos a trabajar. Aquí hicimos nixtamal y aquí también comimos pozole y chiles rellenos y todas esas sabrosuras que los mexicanos cocinan. ¡Arios, hot cakes!, les gritaba a todos los jornaleros y ellos se reían de gusto. Y Ventura aprendió a hacer los jatkeis, como decía, para los días de lluvia, en la cena, contrario a toda la costumbre matutina de este país. Pero es que ella fue cambiando tantos hábitos que después de muchos años ya no pude y ni quise volver a las rutinas de la vida como la conocía. Ventura era la mezcla que amalgama, argamasa que une, que edifica, que instala lo novedoso.

Se quedó callado y sacó un cigarro, me ofreció uno y fumamos. Un cigarro fuerte, sin filtro. Se sentó encima de una caja barnizada, con una manivela a la que le dio cuerda y empezó a salirle aire por un boquete. Me miró sonriendo con los ojos y me dijo: es un ventilador de cuerda, nada del otro mundo, lo construí cuando aquí aún no teníamos corriente eléctrica. En las noches de verano lo poníamos en la recámara para dejar de sudar y dormir tranquilos. Lo malo es que hay que darle cuerda cada hora. Pero sirve para atizarle al fogón, para ventilar el cuarto de tanta humareda, para secar la ropa. A veces nos lo llevábamos hasta el nogal aquel, a comer bajo su sombra y ahí lo poníamos a lado de la mesa para espantar las moscas. Es lo curioso de los inventos, que se hicieron para algo único pero las personas los utilizamos para muchas otras. Es la teoría de la herramienta que se transforma en arma, y casi todas las herramientas agrícolas se utilizaron de esa manera. Una vez llegó un convoy de la patrulla fronteriza a pedir los papeles de todos los trabajadores. ¿Ya sabe cómo les gusta llegar?

–¿Como si fueran actores de Hollywood? –le dije.

–Exacto. Llegaron haciendo una tolvanera endemoniada. Ya habían venido antes y siempre se llevaban a uno o dos de los jornaleros. Esos mismos que al otro día ya estaban aquí trabajando otra vez. Rodearon la casa grande y este establo. Venían como en diez camionetas. Yo digo que no había necesidad de tantos carros. Pues entonces se bajaron y me dijeron que les hablara a todos los trabajadores. En aquel entonces mi mujer tenía contratados como a veinte de ellos y a dos muchachas de su pueblo de la huasteca que trabajaban con ella en la huerta y en el jardín, en la cocina y en el río.

Los pusieron en fila frente a la casa y les pidieron los documentos. Todos mostraron su legalidad. Los agentes vestidos como rangers observaban por todos lados a través de sus lentes de aviador. Todos son iguales, todos hablan igual, todos son el mismo. Y uno de ellos me preguntó que si no había alguien más escondido en el establo, señalándolo con su dedo impertinente. Fue cuando me puse nervioso. Y es que en el establo yo estaba armando la máquina tortilladora que había adquirido en el sur de México. Mi plan era hacer tortillas igual que en el sur, todos los días para todos los trabajadores y para quien quisiera fuera del rancho. Aquí sólo se hacían tortillas a mano y ya no alcanzaban. Nixtamal ya había aprendido a hacer y nosotros mismos sembrábamos el maíz blanco. Mire, allá está la máquina. Una maravilla. La primera máquina tortilladora de México fue inventada e instalada por un tal Rodríguez Arce y su socio Luis Romero en 1904.

En 1905 Ramón Benítez fabrica el primer aparato de uso práctico. En 1910 Luis Romero marca otro paso en la fabricación de tortillas con su máquina de rodillos, alambres despegadores y troquelado de tortilla. Yo tengo esta última. Salían las tortillas como si fueran monedas de oro. Al momento en que el oficial quiso entrar al establo, Ventura salió corriendo y gritando de la casa con un azadón de jardinería en la mano. La herramienta a los ojos de los oficiales era un arma. Salieron volando los cenzontles de los árboles y los agentes corrieron hasta sus carros. La cosa se calmó cuando abracé a mi mujer y la llevé adentro calmándola. Cuando regresé varios oficiales ya estaban dentro del establo husmeando y  tomando fotos de todas mis cosas. De la tortilladora, de la máquina que usted quiere, de la medidora de tallos, de la igualadora de bolsas, de la máquina de viento, del saca-raíces, de la cosechadora manual, de la olla de alto fuego, del unimartillo. Todo más por curiosidad que por sospecha. Hasta que llegaron al rifle de semillas. Un obús de obturador cónico y de un resorte que yo había perfeccionado tensándolo.

–What’s this shit? –me preguntó el agente.

–It’s a seed rifle –le contesté. Lo apuntó hacia mí y luego me miró, incrédulo. Me acerqué y le quité mi obús, abrí la recámara y fui por una semilla –como ésta– y se la puse, cerré la recámara, apunté hacia afuera al campo, y disparé. La semilla fue a caer exactamente en el surco. Los tres agentes se quedaron pasmados. Luego caminaron hacia sus carros, se subieron y se fueron sin decir nada más. Lo bueno es que nunca vieron las armas que tenía en el ático.

–Pero eso no prueba que las máquinas sirvan –le dije para ver qué me decía.

–Nadie quiere probar nada y todo es prueba de algo. Todas las máquinas se hicieron como esta construcción. Este establo lo empezamos a construir en los años cincuenta. Trajimos madera del norte de Óregon, del aserradero más grande de la región. Vigas de 12 por 8 pulgadas. Es una combinación  entre artesanía mexicana y técnica irlandesa de construcción. Ventura hizo los planos, dibujando y midiendo, yo hice los hoyos para enterrar los pilares. La primera noche nuestra casa fue dos torres de madera a la luz de la luna, con una cobija de lana de Coahuila y almohadas rellenas de zacate. Todo se hizo desde abajo, desde el plano de la tierra hacia las alturas de la esperanza. Le podrá sonar ramplón pero así fue.

–Bueno, Bill, me refiero a que es un poco increíble, como si estuviera escrito en una novela de ficción, ¿no le parece?

–Pues no sé, pero la ficción o la fantasía a veces son más ramplonas que la vida misma. Y la vida tiene su magia increíble, su aditamento de eternidad. ¿O no cree que la máquina sirva? Ahorita le hago una demostración.

–Esa sí, ¿pero el rifle de semillas?

De pronto se levantó y fue hasta un rincón del establo. Movió algunos trapos y recogió un envoltorio no muy grande. Pensé que había ido por el obús de semillas pero me equivoqué, esto era algo más pequeño que un rifle.

–A ver, ¿qué es eso? –me pregunta, poniendo una olla de barro enfrente.

–Pues una olla –le digo y me le quedo mirando a los ojos que le brillaban.

–Pues no, esta ánfora es una Comprobadora de Fertilidad. Para activarla hay que levantarse durante la mañana, irse al terreno donde planea sembrar, echarle tierra hasta la mitad y ponerle agua todos los días, a la sombra. En cuatro o cinco días seguramente le saldrán brotes de diferentes plantas. Esos brotes le dirán –si sabe identificarlos– las hierbas malas que tendrá que eliminar y la nominación de las siembras anteriores, es decir, si se sembró trigo, frijol o lo que fuese. Excepto maíz, ese no se puede identificar de esta manera. También junto con las hierbas puede que le salgan algunos bichos ovulados en la tierra. Si no le sale ningún brote es que la tierra es infértil y lo que hay que hacer es fertilizarla, nutrirla. Así, usted no cree en los inventos porque no sabe cómo explicárselos. Si uno conoce el mecanismo de un sistema puede arreglarlo o desarreglarlo, pero si lo ignora ese sistema pasará desapercibido y hasta nocivo se tornará. Las máquinas tienen su lógica, su comportamiento de acuerdo con la temperatura, la altitud, la gravedad, el entorno y sus materiales. Como casi todo, funcionan mejor cuando van a la mitad de su desgaste: nuevas son torpes en los ajustes, y muy usadas fallan.

Bill se levantó y caminó hacia la ventana. Se quedó ahí, viendo hacia la arboleda de pinos salados y nogales. El paisaje, si yo me asomara a verlo, vería que entre el establo y el canal de riego había un buen número de flores,  hierbas, piedras, matorrales, pájaros revoloteando entre árbol y ramas; y si me pusiera a ver de cerca el suelo, encontraría hormigueros, grillos, cucarachas de tierra, lombrices, topos caminando con lentitud y hasta ratas de campo. Habría ladridos de perros a lo lejos cuyos sonidos viajarían de un árbol a otro, de un canal a otro. Y en el canal habría bagres, lisas, tilapias y ranas. Y una lancha vieja de fibra de vidrio que usaron para recorrer las hectáreas sembradas, donde se llevaban los instrumentos y las herramientas para ser usados bajo el rayo del sol ardiente o en los días nublados de relámpagos, viento y lluvia. Una lancha bajo la tormenta surcando las aguas tranquilas del fluir de uno de tantos ramajes del Río Colorado. De regreso vendría cargada de pescado, de hierbas del campo, de leña de troncos viejos. La lancha quedaría amarrada en un vaivén danzarín, mientras Bill o alguien más gritaría desde el establo para avisar que el día ya se habría terminado. Que ese día ya tenía su nombre y su historia, su genealogía para ser contada y recordada en un futuro de placeres y lascitudes.

–Chingao! –dijo Bill de pronto­, alejándose de la ventana y parándose frente a mí–. ¿Sabes lo que me costó poner en pie esta estructura? Los dos días siguientes no dormí hasta terminar el techo. Ventura había hecho una carpita con las cobijas y las sábanas y ella no me apresuraba, jamás lo hizo. Pero yo me desesperaba. Quería terminar el establo cuanto antes. No quería que llegara el verano, que es fuertísimo aquí, más que en el desierto. Quería que hubiera techo para que ventura tuviera hijos resguardados, que tuviera una cocina, un baño, una recámara dónde soñar cualquier cosa y deseara tantas más. ¿Se te hace esto también increíble?

–Bueno, claro, no, pero la historia es igual que la de cualquiera que haya llegado aquí a construir –le dije, pensando que se encabronaría.

–Sí, señor, pero este establo es especial, no es como los demás.

–¿Especial? ¿Y qué tiene de especial? –le pregunté.
­

–Bueno, pues para mostrarle eso tendríamos que esperar a que soplase el viento del norte. Ese viento que viene con el verano y que es caliente, levanta cuanta rama y polvo esté suelto, se cuela entre las rendijas de las paredes, entre las puertas y las ventanas. Un viento que tiene prisa por remover las ramas, limpiar el terreno, volar las faldas y los sombreros, llevarlos lejos de sus dueños, y tumbar la debilidad de la vegetación muy vieja o recién nacida. Un viento que surca invisible porque no viene con nubes para que uno pueda ver cómo cabalgan. Un viento que recorre  el campo como corcel bajo el cielo azul límpido. El viento Santana le decimos por aquí. Y ese viento, cuando llegaba de golpe a las paredes del establo, hacía música.

Arrancaba melodías ululantes como si fuesen lobos solitarios. Cantos de urracas en unas ocasiones y llantos de becerros en otras. Ventura se deleitaba con lo que habíamos construido. Dentro del establo las tablas se movían y dejaban pasar ráfagas musicales, igual que ragas repetitivas y circulantes. Si era al amanecer, algunas veces parecía un concierto de gallos en una hondonada de rocas. O al mediodía, en la canícula, el temple era de elefantes en fuga hacía el lago. Aún en la tarde, cuando era más manso y parecía brisa la canción parecía un arroyo inofensivo y sin profundidad. Pero a veces en la noche arreciaba con su mejor voz y las tablas parecían percusiones africanas, tambores rituales, tumbadoras para danzantes extasiados.

Esto podría ser contingente. El viento podría soplar no de frente y entonces de soslayo la vibración del establo se manifestaría diferente. Cuando recién construido el sonido del inmueble era rígido. Lo descubrimos ya maduro cuando pasaron meses o años. Era como si fuese un aprendiz de instrumento musical, un neófito que tiene que asistir a lección tras lección hasta logar algo armónicamente satisfactorio o agradable. El establo logró hacer música después de varios años. Aunque antes sus sonidos también nos gustaban porque significaban los balbuceos, los primeros pasos de bailarina, los trazos ingenuos y bellos de los hijos cuando intentan.

Mientras miraba el techo y las paredes, escuchaba su relato. Veía las rendijas que permitían la entrada de luz entre las tablas, y también sentí por primera vez el crujido del piso, el rechinido de mi peso al caminar sobre tablas onduladas que rozaban clavos oxidados. Y también vi las sombras  y las luces que combinadas hacían una especie de teclado en el piso. Vaya, pensé, no es tan descabellado. Pero ¿realmente hará música el edificio? Había oído hablar de lugares con ruidos inexplicables, de estancias con espíritus que las habitan, de casas encantadas con fantasmas y fantoches, de haciendas con aullidos espeluznantes, pero ¿establos musicales?

–¿Y qué tal una máquina traductora –me dijo Bill como si me hubiera adivinado lo que pensaba–. Una máquina de más de 50 años que traduce cualquier idioma a cualquier otro. Por ejemplo del inglés al turco, del turco al ruso, del ruso al armenio, del armenio al español, del español al japonés y del japonés al guarijío. Y de regreso. Mire, le muestro.

Bill caminó hacia el fondo del establo mientras empujaba otra vez instrumentos, palancas, ruedas, trozos de engranajes, botes por los que saltaban tuercas y llaves, trapos grasosos que envolvían relojerías y mecanismos, estuches de madera abiertos de boca donde relucían piedras y bulbos, foquitos y tornillería. Se detuvo frente a una caja de madera con una especie de bocina de fonógrafo antiguo. Me echó una mirada chispeante y justo antes de cargarla sentimos que el soplido del viento pegaba directo en las paredes de madera del establo. Bill me vio de lejos con la boca abierta y los ojos saltones, señalando con un dedo a su oído, en señal de decir “escucha”.

 

 

 

Fotografía: Nancy Moore for openphoto.net
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