Falsa crónica del miembro fantasma (cinco fragmentos), por Luis Panini

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La diferencia entre la estatura de mi madre y la mía es alarmante. Medimos 1.56 y 1.81m, respectivamente. “Alarmante” es un adjetivo adecuado para calificar dicha disparidad longitudinal, pero “angustiante” resulta todavía más apropiado porque consigue encapsular en una sola palabra el efecto que me victimiza cuando me le acerco para saludarla. No importa si lo anterior ocurre en público o en privado, en el vestíbulo de un aeropuerto o en su cocina. Invariablemente, antes de llevar a cabo este gesto ceremonial, calculo el número de pasos que nos separan y el momento preciso en el cual deberé detener mi cuerpo para evitar un impacto indecoroso (cuando estamos de pie su vientre y mis genitales se encuentran alineados en la misma altura, aproximadamente a 88cms sobre el nivel de piso terminado). Al verla sonrío, extiendo los brazos y disminuyo la velocidad de mi andar un metro antes de la colisión anatómica. Me toma apenas un segundo establecer a mi pelvis como centro de gravedad y también como el punto que le servirá a mi cuerpo para determinar la inclinación necesaria de mi torso que mantendrá a mi pene y testículos alejados del vientre de mi madre. No lo sé de cierto, pero estimo que el ángulo de inclinación referido es de entre 15 y 20 grados. Esta especie de fobia, algunos años atrás, me llevó a escribir una ficción breve titulada El tamaño de la familia, en la cual describo el momento en que un joven se acerca a su madre para darle un abrazo después de ser declarado campeón al final de un torneo de lucha grecorromana. En ese preciso momento ella repara en la volumetría genital de su hijo cuando hace contacto contra su vientre, una desgracia que, en mi opinión, es todavía más ominosa, tanto que opaca a cualquiera de las ocurridas en las tragedias de Esquilo, Sófocles o Eurípides. El protagonista del texto puede ser asimilado como mi antítesis perfecta, pues ignora la existencia de este Pánico Antiedípico-Genital, el cual ha gobernado mi comportamiento desde la infancia.

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Poco antes de cumplir veintiún años de edad decidí dejar de vivir en casa de mis padres y mudarme a otro país. Hasta entonces mi madre se encargó de lavar mi ropa una o dos veces por semana. Una obsesión muy específica se manifestó cuando mi cuerpo comenzó a darle la bienvenida a los cambios estimulados por el inicio de la pubertad. Cada día revisaba las prendas interiores antes de meterlas en el bote de la ropa sucia. Temía que los célebres sueños húmedos, esa especie de menstruación masculina, no tardarían en anunciarse, así que cada mañana, mientras me desvestía antes de ducharme, examinaba mi ropa interior con el objetivo de detectar rastros de emisiones nocturnas que pudieran alertar a mi madre sobre la presencia irrefutable de mi pene. Afortunadamente, jamás tuve que lidiar con prendas íntimas manchadas de semen endurecido. De hecho, aún no he logrado invocar el contenido erótico suficiente que pueda ocasionar una de estas eyaculaciones involuntarias instigadas por la lubricidad y concupiscencia de las escenas que uno gesta mientras duerme.1 Treinta y cinco años y contando. Supongo que el pánico que experimentaría si mi madre llegara a reparar en la existencia de mis genitales obligó a mi inconsciente, de alguna manera, a impedir la formulación de sueños licenciosos. También sondeaba la ropa interior para descubrir la posible presencia de vellos púbicos que pudieron haberse desprendido durante la noche. Esta minuciosa labor se extendió durante una década. La primera vez que lavé mi ropa, después de mudarme e instalarme en otro sitio, comencé a inspeccionar las prendas detenidamente, como si el ojo inquisitivo de mi madre pudiera observar lo que yo hacía a 2,522 kilómetros de distancia. Aquella obsesión se había convertido en una especie de reflejo involuntario, uno que a las pocas semanas se desvaneció. La distancia es, por mucho, el mejor remedio para mitigar el Pánico Antiedípico-Genital.

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Pánico Antiedípico-Genital2

(una propuesta para el futuro Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales DSM-V-TR o DSM-VI)3

Características diagnósticas

La característica primordial del Pánico Antiedípico-Genital (P.A.G.) es el padecimiento de crisis de angustia y/o ansiedad seguidas de ecos mentales provocados por la posibilidad persistente de encuentros recurrentes entre el afligido y su madre. Estas crisis jamás son detonadas por los efectos fisiológicos de una sustancia. Tampoco encuentran origen en alguna enfermedad médica.

Síntomas y trastornos asociados

La frecuencia y gravedad del P.A.G. puede alcanzar niveles aprensivos en relación a las actividades y experiencias diarias, sobre todo cuando el afectado se encuentra cerca de su madre. Por ejemplo, los individuos que padecen de P.A.G. tienden a anticipar desenlaces catastróficos vinculados con la proximidad materna.

Una de las consecuencias frecuentes de este trastorno se deriva de la presencia física de la madre. La sensación aguda de vergüenza e infelicidad se apodera del afectado y gobierna su comportamiento durante lapsos breves o prolongados en los cuales experimenta niveles de ansiedad casi paralizantes por creer que su madre está a punto de reparar en la existencia de los genitales de su hijo.

Los individuos con P.A.G. muestran una notable incidencia de trastorno depresivo mayor, sin embargo aún no se han identificado hallazgos de laboratorio que permitan diagnosticar con seguridad este trastorno.

Cabe observar que durante las crisis motivadas por el P.A.G. el afectado sufre de taquicardia transitoria y elevación moderada de la tensión arterial sistólica.

Síntomas dependientes de la cultura y el sexo

El padecimiento del P.A.G. sólo se manifiesta en miembros del sexo masculino. La edad de los afectados se encuentra directamente vinculada con la longevidad de la madre.

Prevalencia

Debido a la falta de estudios de alcance epidemiológico se desconocen las cifras de los afectados, incluso en niveles regionales. El P.A.G. aún no cuenta con un perfil médico relevante que pueda ser utilizado como guía para su diagnóstico oportuno.

Curso

La edad de inicio del P.A.G. varía considerablemente. Lo más típico es que comience a manifestarse entre el inicio de la pubertad y la mitad de la cuarta década de la vida, aunque se conocen casos de incidencia mucho más temprana precipitados por la sobreprotección y codependencia maternales durante la infancia de los afligidos, lo cual influye de manera drástica y agudiza el trastorno.

Algunos individuos presentan brotes episódicos separados por años de remisión, mientras que otros presentan permanentemente un cuadro sintomático intenso.

Patrón familiar

Hasta el momento no se han establecido patrones familiares que pudieran sugerir una transmisión hereditaria o un incremento en la probabilidad de que los parientes de primer grado de los individuos que sufren del P.A.G. también puedan padecerlo.

Diagnóstico diferencial

El diagnóstico del P.A.G. no debe efectuarse si los episodios son meramente de carácter secundario a los efectos fisiológicos directos de una enfermedad médica, anomalía anatómica o malformación congénita (hermafroditismo, afalia, fimosis, anorquia, priapismo, difalia, balanitis, síndrome de insensibilidad a los andrógenos, pene bífido, hipogonadismo, macrofalosomía, microfalosomía, criptorquidia, etc.).

La presencia de aprensión permanente ante nuevos episodios de P.A.G., incluso no estando expuesto o no anticipando situaciones potencialmente fóbicas, es suficiente para establecer su diagnóstico.

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Es cierto que Príapo —una deidad menor de la mitología griega, inextricablemente vinculado con la fertilidad, protector del ganado, los genitales masculinos y los árboles frutales— gozó de una representación artística en extremo peculiar, de tan lúdica y grotesca, que amenizó los muros de numerosos templos y ágoras, adornó vasijas y decoró recintos públicos y privados con su falo de formidable talla. Sin embargo, su efigie sicalíptica fue la excepción de la regla porque la concesión pictórica y escultórica de miembros viriles de proporciones tan generosas sólo era reservada para caracterizar a esclavos y extranjeros, pues la exageración de dicho atributo carnal y la exhibición del glande contaban con la intención de tildar a todo aquel hombre que no formara parte de la Polis de salvaje e inculto, en contraposición con la respetable personificación de los ciudadanos griegos, quienes generalmente aparecían con penes incircuncisos y de tamaño prudente. Y es que entre los atenienses la exhibición del glande no sólo era considerada ofensiva, sino de pésimo gusto, tanto que atletas y hoplitas amarraban un pequeño cordón alrededor de sus prepucios para evitar que sus glandes quedaran expuestos mientras se ejercitaban o durante las frecuentes sesiones de entrenamiento militar. Así pude constatarlo, al recorrer las galerías y pasillos de un museo al cual llevé a mis padres durante su visita más reciente. Yo me adelanté unos cuantos pasos con el objetivo de verificar si las piezas expuestas en determinada sala podrían detonar un episodio público de Pánico Antiedípico-Genital. Afortunadamente, la mayor parte de las esculturas de hombres tallados en mármol habían perdido la nariz y el pene, y varias de ellas, incluso, los testículos. Algunos minutos después, en el interior de una vitrina, encontré dibujado en un recipiente a una especie de procesión constituida por un grupo de hombres de falos enormes, en un extremo, y de guerreros uniformados, en el otro. Ya no lo recuerdo, pero supongo que se trataba de una persecución, la milicia griega expulsando a los invasores, a quienes el artista había dotado con miembros de dimensiones extravagantes para tergiversar su aspecto y así deshumanizarlos, hasta cierto punto, con la finalidad de establecer referencias visuales que distaran del aspecto antropomórfico y se aproximaran más a las de una bestia. Cuando mi madre se aproximó a la vitrina le dije que ya habíamos visto las obras de esa galería, que por alguna razón caminamos en círculo y llegamos una vez más al mismo espacio. Ella se alejó de la vitrina y se dirigió a una sala donde colgaban paisajes impresionistas.

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La creación del pene occidental moderno no puede ser adjudicada a la habilidad escultórica de un Dios o suponerse como el resultado de un escrupuloso y flemático proceso evolutivo que se extendió durante millones de años. Al concederle estatus simbólico para explicar los trastornos mentales que aquejan a la humanidad, Sigmund Freud se vio en la necesidad de concebirlo una vez más porque su versión anterior terminó encapsulada en una vitrina que hasta entonces lo presentó como a un órgano cuyos talentos fueron reducidos a funciones excretoras y reproductivas, aunque resulta imposible ignorar su breve protagonismo carnal un par de milenios antes. Es decir, Freud inventó el pene que el dogma organizado intentó sepultar y enseguida inauguró una cuasi-mitológica Etapa Hiperfálica a través de suposiciones ampliamente cuestionables que arrastraron en su cauce, sin discriminación alguna, tanto a la libido masculina como a la femenina. Sus ideas encontraron cimiento, sobre todo, en un par de conceptos psicosexuales: el complejo de castración en los hombres y la envidia del pene en las mujeres, ambos desprendidos de una teoría falo-céntrica inflexible. Aseguró que todos los seres humanos son polimórficamente sexuales al experimentar durante la infancia temprana tres fases distintas: la Oral, derivada del placer de la alimentación, de la unión entre la boca del infante y el pezón de la madre; la Sádico-Anal, cuando el menor asimila el control de su esfínter y el placer entre la retención y la expulsión voluntarias de la materia fecal; y la Fálica, caracterizada por el descubrimiento de la diferencia entre los genitales de un sexo y otro. Y es precisamente durante esta tercera fase cuando ocurre la detonación del Complejo de Edipo, o por lo menos dentro del marco teórico Freudiano. A tal edad, el varón asume que todo ser humano cuenta con un pene. Cuando repara en la ausencia del miembro viril al contemplar a una mujer, generalmente la madre, asume que ésta ha sido castrada y responsabiliza al padre de tan barbárico proceder. Entonces desarrolla un vínculo sentimental aún más estrecho con ella y uno de naturaleza ambivalente con él, pues el menor llega a resentirlo casi tanto como lo teme al creer que él también podría convertirse en víctima de una maniobra tan salvaje. Es casi imposible evocar momentos tan decisivos en la infancia de uno, pero la óptica Freudiana no parece contar con la menor validez cuando trato de compaginarla con los recuerdos sexuales de mi infancia. Nunca vi el sexo de mi madre, tampoco el de mi hermana. Recuerdo haber visto, por accidente (si tan sólo hubiera tocado esa puerta antes de entrar a su habitación), los senos de mi abuela materna mientras cambiaba su blusa, aunque eso ocurrió durante el inicio de mi pubertad. Supongo que la primera vagina que vi perteneció a la página de una revista que unos compañeros de primaria y yo descubrimos mientras vagábamos en el patio trasero del plantel. Después vi otras en cintas de contenido pornográfico. Y no fue sino hasta que alcancé la edad adulta cuando vi una vagina en persona, aunque a cierta distancia y durante una función de sexo en vivo mientras vacacionaba en Ámsterdam. El recuerdo de los genitales de mi padre es casi tan impreciso, más bien parece ser una escena que sucede detrás de una cortina de humo. En realidad sólo recuerdo una mancha oscura en el centro de su cuerpo, eso es todo. Podría seguir enlistando una serie de razonamientos con la intención de explicar por qué las teorías del neurólogo austríaco me parecen incompatibles con mi historia personal, por qué sus generalizaciones bordean los límites del absurdo y carecen de rigor científico, pero a veces me da por sospechar que el cometido principal de Freud no fue el de psicoanalizar los mecanismos del ánima humana, sino el de establecer un vínculo indestructible entre el pene y la mente (no entre el cuerpo y la mente) y cómo esta unión simbólica se convierte en un peso anquilosante que define las vidas de quienes padecemos del Pánico Antiedípico-Genital.

1 “El sueño de la razón produce monstruos”, Francisco de Goya.

2 También conocido como ‘P.A.G’ o ‘Mal de Panini’.

3 Este texto representa una apropiación e intervención literarias del apartado sobre el ‘Trastorno de angustia (panic disorder)’, incluido en el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales DSM-V.

 

 

Fotografía: This work has been released into the public domain by its author, I, Vassil. This applies worldwide.
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