Miscelánea escrita en servilletas de café, por Alejandro Espinoza

Servilleta 1

A ella le pareció de mal gusto que no se lavara las manos después de pasar al baño. Un punto menos en el rango de atractivo visual de este cliente que llegó al café con la premura del viento. Pero igual, tenía la barba sin rasurar justo como a ella le gustaba. Puede ser su superhéroe, puede ser el veneno o el antídoto que necesitaba su vida. Al sentarse el hombre en su butaca, ella hizo a un lado el distractor y procedió a darle de comer a su bebé. A lo lejos, el tipo aquél, el de la barba sin rasurar, se acordó del olor de las margaritas, y de cómo todo posiblemente tendrá sentido una vez que concluya tu propia vida. Como el fin de una novela. A nadie le resultaba extraño que la música en el café fuera de Mozart.

 

Servilleta 2

Purépecha. Le agradaba la palabra aunque no la conocía. Puede ser “en tanto que no la conocía,” “a pesar de.” “Porque no la conocía.” No está muy seguro de ello. Lo que sí sabe es que está leyendo la palabra en un periódico. El periódico está en un puesto de revistas en el aeropuerto. Lleva dos semanas viajando a todas y a ninguna parte. Su impermeable huele a cuatro ciudades distintas. Purépecha desaparecido. Eso fue lo que leyó.

 

Servilleta 3

Fue divertido mientras duró. Seguir a la luna para que esta mantuviera su densidad frente al espejo retrovisor del auto es la cosa más banal y al mismo tiempo más sublime que ha hecho en mucho tiempo. Desde que tenía once años y se quedaba en el jardín esperando que se encendieran los rociadores. Pero en realidad, lo estaba haciendo porque no quería regresar a su casa. Abandonó aquella escena de triste crimen hace un par de horas, y aprovechó el poco tráfico en el periférico para extraviarse. Algunas cuantas prendas esparcidas en la recámara, una nota escrita con prisa. Una despedida que posterga yendo en busca de la densidad de la luna.

 

Servilleta 4

Este tipo de cosas siempre suceden, y siempre demasiado pronto. Estábamos en la esquina, Héctor y yo. Hacíamos de la nada una vocación. Acostumbramos nuestros oídos al paso de los autos, y nuestros ojos al lento desfallecer del día. Platicábamos de lo único que pueden platicar dos seres humanos a los trece años. No comenzaba a caer el sol cuando escuchamos el primer disparo. Corrimos, hacia donde creímos que fue el origen del estruendo. Un par de niños salían despavoridos de una casa. Un hombre con mal de Parkinson, tambaleando en la puerta de la entrada, un revólver en la mano. Tuvo que dar un segundo disparo, ya que la primera vez, el tremor involuntario no le permitió dar en el blanco, blanco que quería que fuera su cabeza, su pensamiento, sus sentimientos, que le dictaban ya estuvo suave, hay que apagar el cerebro. Hay que decir “Ya”. El segundo disparo fue el que se nos quedó grabado en nuestras cabezas.

 

Servilleta 5

El Omán de Dios. Eso era lo que escuchaba cuando decían Ni lo mande Dios. De los cinco a los doce años, pensé que Omán, no Dios, era un superhéroe o una furia descomunal que podía desmoronar la composición misma del universo. Omán hoyo negro, Omán terrible premonición del fin de los tiempos, del universo, y de todo lo que pudiera temer un niño de doce años. Sí. temía del Omán, pero no le rendía tributo, ni le rezaba, sólo sabía que era invocado en las tardes veraniegas, cuando algún vecino o tía lejana decía la frase, como para ahuyentar malos augurios. Cada que escuchaba la frase, una hoja se desprendía de su rama.

 

Servilleta 6

Me encuentro en medio de las cosas que simplemente suceden. Me encuentro rodeado de vida. Soy tan pasajero y tan presente, tan eterno y tan efímero, y la vida es tan frágil, que la composición de las cosas pudo haber sido otra. Es sólo cuestión de tiempos y movimientos. No sabemos de qué sabores y presencias están compuestas las cosas que nos ocurren. Terribles accidentes felices. Ayer me encontré a una persona que pedía dinero, segundos después, no me la pude haber encontrado. Puede que se hubiera entretenido con otro carro y el semáforo en verde y ya no pudimos tener contacto. Lo mismo sucede con las sonrisas, con las conversaciones encontradas cuando atraviesas el corredor de un bar restaurant y de pronto las palabras pueblan un espacio reducido donde todo tiene un sentido frágil, como las copas con agua que ponen en los restaurantes caros, las que llevan una rodaja de limón que flota. Pudo haber sido otra rodaja de limón la que ves. La del tercer limón cortado de la noche. Pudo él pudo ella haber tomado un trago de la copa, pudiste no haber visto la rodaja de limón. Pudiste haberte distraído y es por eso que la rodaja y luego el centelleo de luz y luego el escuchar una voz pasajera en ese sitio sin sitio que de pronto dice “Ya no puedo más”, y cuando menos te das cuenta…ahí está. El arma desenfundada, y corres hacia donde haya protección. No más. Tu brazo está sangrando…

 

Servilleta 7

Me encontré en un bote de basura este texto, no tengo la menor idea quién lo escribió o en qué circunstancias lo hizo; si se trataba de una meditación sobre eventos pasados o simplemente un ejercicio de ficción; deliberadamente críptico y lleno de vacíos; podría descifrarlo noche y día; o no; pude no haberme asomado a ese bote de basura, pudo no haberme llamado la atención el manuscrito apresurado y a la vez meditado de quien escribió ese texto. No sé de quién es. Pudo haber sido mío. No se los compartiré. Será nuestro pequeño secreto.

 

Servilleta 8

El yo no es más ni menos construido que las mentiras que la realidad te dice acerca del mundo, ahí donde las rocas no son rocas, y los hombres no nacemos por el absoluto privilegio de existir. El yo, ése necio que narra, ese inocente con ínfulas de sabio casual, que todavía no reconoce su futilidad, ése, el que insiste en describir vacíos y edificios en ruinas, ése debería pensar en las formas invisibles de la arena, en la plenitud de las sombras, en la inutilidad de cualquier suspensión del tiempo. Sea una guerra, sea un pueblo, sea el recuerdo amoroso, sean las terribles injusticias de la vida cotidiana, nada de lo que su intenten agarrar sus manos podrá sostenerse sin que se escurra por los dedos. Ése yo debe aprender a seguir las rutas que lo coloquen de espaldas al sol. Reincorporarse a esa naturaleza de donde proviene, caminar por descampado, delinear senderos, comer hierbas y frutos a punto de caer de sus árboles y regresar con toda humildad a formar parte de la cadena alimenticia. Debemos volver a sentir el miedo y la amenaza cotidiana, de ser devorado por una bestia feroz. Porque todo lo que ha construido, desde que el lenguaje y la memoria se apoderaron de su cuerpo diminuto e instantáneo, no es más que un teatro expandido que escenifica las obscenas debilidades de su ego.

 

Servilleta 9

¿Qué hacer con esa foto que no sea más que recuerdo perdido?, ¿qué hacer con el enunciado que no sea el enunciado que sentencia la pérdida de la memoria? Foto y enunciado, imagen y oración, símbolo sagrado y palabra enunciada. Nada, nada, nada de esto tiene la capacidad de ayudarte a describir la belleza de la mujer que está sentada al otro lado del café. La que no se reconoce dentro del enunciado, dentro de la fotografía de su cuello iluminado por el rato que atraviesa el tragaluz, la que no será más que el fugaz enunciado al final de un texto.

 

 

 

Fotografía: © The Jared Wilcurt for openphoto.net
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